Cabo de Gata tiene ese orden desordenando que sólo se entiende al meterse en él. Entonces se comprende el porqué de sus torcidos pitacos adornando un rudo paisaje, el porqué de sus retorcidas chumberas, el porqué de su cambiante viento, el porqué de la parsimonia de los almerienses, el porqué...
Dejando atrás el asfixiante mar de plásticos, se llega a la esencia bellísima de este Parque. Esa nada sólo interrumpida en su interior por pueblitos de casas de adobe blanco y puertecitas pintadas de amarillo o azul, su gente de rostro arado por el sol, sentados a ras de unas carretas que ayer no existían, y, al fondo, un mar que parece estar por encima de la tierra. Un paisaje lunar que, hasta hace bien poco, no sabia de leyes. Alguien, con acierto, lo llamó 'parque sobrenatural'. (Continúa)







